Ámsterdam, ahora.
Llueve sobre el canal como llueve siempre en esta ciudad: sin ganas, con costumbre, una lluvia fina y horizontal que no cae tanto como flota, que no moja de golpe sino que se te mete dentro sin que lo notes, como ciertas ideas. En el Jordaan las casas se inclinan hacia el agua (lo hacen de verdad, por los ganchos de carga de las fachadas, aunque de noche, bajo la lluvia, parece que se asoman a mirar su propio reflejo), y las bicicletas encadenadas a los puentes gotean en la oscuridad, y un tranvía cruza a lo lejos, allá por Rozengracht, arrastrando un chirrido metálico que se apaga antes de llegar hasta aquí.
Marcos Reyes está de pie junto a la ventana del cuarto piso y mira, más allá de los tejados, más allá del agua negra y quieta, la mancha de luz azul que tiembla al fondo del skyline. La torre. Cincuenta y una plantas de cristal donde Titan Digital tiene sus oficinas del norte de Europa. A esta hora la mayoría están encendidas. Nadie trabaja tan tarde; simplemente el edificio no sabe apagarse, como no saben apagarse las cosas que no duermen.
Enciende un cigarrillo que no debería. La cerilla ilumina un segundo el cristal y su propia cara reflejada en él (más vieja de lo que le tocaría, más seca, con esa palidez de los hombres que han hecho del insomnio una forma de vida), y luego la apaga de un soplo y la habitación vuelve a la penumbra. Lo dejó hace años, el tabaco, cuando aún tenía a alguien por quien dejarlo. Ahora fuma en la oscuridad, junto a las ventanas, mirando ciudades que no son la suya.
Hubo un tiempo en que Marcos también construyó algo con cristal y luz. Más pequeño, más limpio, más suyo. Duró lo que dura una idea buena delante de mucho dinero: dieciocho meses. Después vinieron los abogados, y las filtraciones a la prensa, y una guerra de precios que no había manera de ganar porque el otro lado tenía un pozo sin fondo y él tenía una nómina que pagar a fin de mes. Y al final vino la firma. Una tarde, en una notaría de Madrid con olor a papel y a café malo, puso su nombre al final de un documento que no había querido leer entero, porque leerlo entero habría sido reconocer que ya había perdido. Y después vino el silencio de una casa vacía. Y una niña de nueve años que ya no vivía con él. Y un reloj que su padre le había dejado y que se paró aquella misma tarde y nunca volvió a andar.
Lo lleva en el bolsillo. Lo saca ahora, sin pensarlo, un gesto que ha repetido tantas veces que ya no es un gesto sino un tic, una oración sin dios. Las siete y doce. La esfera antigua, las agujas quietas, el cristal rayado. Para siempre las siete y doce.
Diez años.
Diez años son mucho para odiar a un hombre que no recuerda tu nombre. Marcos lo sabe. Ha tenido tiempo de aprender la clase de cosa que le está pasando por dentro, de ponerle nombre, de leer sobre ella en la soledad de mil habitaciones prestadas. Y ha llegado a una conclusión que no aparece en los libros: que la venganza no es fuego. Eso es mentira de novela, de gente que no ha odiado de verdad. La venganza es frío. Es un trabajo. Es levantarse cada mañana con una lista y tachar una línea. Es meticuloso, es aburrido, es administrativo. No arde. Congela. Y va vaciando al hombre que la lleva por dentro con la misma paciencia con que el agua vacía una piedra: sin ruido, gota a gota, durante años, hasta que un día lo que quedaba de blando ya no está y solo hay el hueco que dejó.
Detrás de él, sobre la mesa, dentro de un único círculo de luz, hay cinco carpetas.
Cinco personas que todavía no se conocen entre sí. Marcos las ha reunido a lo largo de meses, siguiendo hilos, pagando favores, viajando en trenes de segunda por media Europa, y ahora existen solo como papel, como fotografías tomadas de lejos, como notas escritas de su puño. Una chica en Berlín que entra en cualquier sistema y no cree en nada, lo cual la hace fiable, porque no tiene bando que traicionar. Un hombre en Bruselas que ayudó a construir aquello que ahora quiere ver arder, y que no duerme por ello. Un portugués en Lisboa (ese Marcos lo conoce, ese es de antes, ese es lo más parecido a un amigo que le queda) que ha acumulado tantos fracasos que ya no les teme. Una italiana en Praga que sabe seguir el dinero como otros siguen la sangre. Y uno muy joven.
No los ha elegido porque sean buenos. Esa es la primera cosa que un hombre aprende cuando decide hacer lo que Marcos ha decidido hacer: que la bondad no sirve para una guerra. Los ha elegido porque cada uno tiene una herida, y las heridas se pueden usar. Ha aprendido a leer a la gente como un contable lee un balance: buscando el número que no cuadra, el hueco por donde entrar. Es una forma horrible de mirar a los seres humanos. Marcos lo sabe. Lo hace igual.
Le han dicho (gente que sabe, gente que ha mirado de cerca al animal y ha vuelto para contarlo) que Titan no se puede tocar. Que no es una empresa, que es otra cosa: una red que pasa por gobiernos, por fondos de inversión, por agencias que no aparecen en ningún organigrama, un animal tan grande que ha dejado de tener una cabeza que cortar. Le han dicho que quien lo intenta acaba de una de dos maneras. Arruinado, como acabó él. O muerto, como acabó Andrés.
Marcos apaga el cigarrillo en el alféizar mojado. La brasa chirría un segundo contra la piedra húmeda y se apaga, y el olor a tabaco se mezcla con el olor a agua de canal que sube de abajo, ese olor verde y frío que tiene Ámsterdam de noche y que ya no lo abandonará en toda esta historia, porque las ciudades se quedan pegadas a los hombres que sufren en ellas.
Piensa en Andrés.
En el amigo que firmó primero, que cogió el dinero de Titan y le dio la espalda, y que dos años atrás apareció colgado de una viga en un apartamento de Ginebra que no era suyo. Suicidio, dijeron. Marcos fue al entierro y no lloró (no pudo, no le salió, el odio le había secado hasta las lágrimas) y de vuelta en el tren, mirando pasar los campos suizos tan ordenados y tan verdes que daban ganas de gritar, con las vacas y los graneros y las montañas perfectas como un decorado que alguien hubiera pagado para tranquilizar a los pasajeros, entendió dos cosas a la vez, con la claridad brutal que solo dan los trenes y los funerales.
La primera: que Andrés no se había matado.
La segunda: que él iba a hacer algo al respecto. Aunque le costara todo lo que le quedaba. Que no era mucho (una salud regular, un piso alquilado en Madrid, algún ahorro, el reloj parado, el recuerdo de una hija que crecía sin él), pero era todo, era lo suyo, era él, y estaba dispuesto a gastarlo hasta el último céntimo.
Ahora, en Ámsterdam, bajo la lluvia, Marcos Reyes mira arder la torre azul que no arde (que brilla, entera, indiferente, ajena a que un hombre la observe desde el otro lado de la ciudad con cinco carpetas a la espalda y un reloj parado en el bolsillo), y se dice una frase que va a repetirse muchas veces en los meses que vienen, cada vez con menos verdad, hasta que un día deje de decírsela porque ya no la creerá ni él:
Sé lo que hago.
No lo sabe. Nadie lo sabe, cuando empieza. Se cree que lo sabe, que ha calculado los riesgos, que ha previsto los costes, que tiene un plan y el plan es bueno. Y el plan quizá sea bueno. Pero lo que Marcos no ha previsto, lo que no aparece en ninguna de sus cinco carpetas, es lo que la propia guerra le va a hacer a él: cómo, para derrotar al monstruo, va a tener que aprender a pensar como el monstruo, y cómo el aprendizaje no tiene marcha atrás, y cómo al final del camino, cuando por fin tenga delante lo que ha venido a buscar, el precio ya estará pagado y no habrá nada que comprar con él.
Eso lo aprenderá más tarde. Todo lo importante, en esta historia, se aprende más tarde.
Guarda el reloj en el bolsillo. Recoge las cinco carpetas y las mete en una bolsa. Da una última calada al aire, aunque ya no hay cigarrillo, por costumbre. Mira una vez más, por encima de los tejados mojados del Jordaan, la mancha de luz azul temblando sobre el agua negra.
Apaga la lámpara.
Y en la oscuridad, antes de salir a la noche holandesa a coger un tren que lo llevará hacia el este, hacia el frío con memoria de una ciudad partida por un muro que ya no está, Marcos Reyes toma la primera decisión de una guerra que va a durar dos años y va a costar más de lo que ninguno de ellos (ni él, ni los cinco, ni el hombre de la torre) puede imaginar esta noche.
Empieza por Berlín.